MARIÁTEGUI EN EL SIGLO XXI, para no tergiversar el mariateguismo

El 16 de junio de 1894 nació nuestro Amauta José Carlos Mariátegui, el más grande pensador revolucionario del Perú, cuyas ideas de transformación de nuestras estructuras siguen vigentes en pleno siglo XXI, y es que su mirada al país no se dirigió a superficialidades o a manifestaciones coyunturales, sino a las raíces de nuestra vida económica, social, política y cultural.

Fue el primero en señalar el carácter colonial de nuestra economía a inicios del siglo XX. Indagando sus raíces desde el dominio español y el desarrollo capitalista en la vida republicana muestra como el país ha sido colocado a merced del dominio imperialista moderno. El neoliberalismo no es más que la última manifestación de nuestra dependencia al capital monopolista transnacional.

«Marxista convicto y confeso”, se reclamó antimperialista porque ante todo fue socialista y con mucha razón nos decía:

“Somos anti-imperialistas porque somos marxistas, porque somos revolucionarios, porque anteponemos al capitalismo el socialismo como sistema antagónico llamado a sucederlo”[1].

Mariátegui, comprendiendo la naturaleza de nuestras clases sociales, supo apreciar que el proletariado, en su desarrollo, asumiría cada vez mejor su rol protagónico en las luchas populares y su enlace con el campesinado.

Identificó a las clases dominantes que impiden el desarrollo nacional y preciso con meridiana claridad que:

“Ni la burguesía, ni la pequeña burguesía en el poder pueden hacer una política antiimperialista.”[2]

Luego agregaba:

“¿Qué cosa puede oponer a la penetración capitalista la más demagógica pequeña-burguesía? Nada, sino palabras. Nada, sino una temporal borrachera nacionalista. El asalto del poder por el antiimperialismo, como movimiento demagógico populista, si fuese posible, no representaría nunca la conquista del poder, por las masas proletarias, por el socialismo.”[3]

Nosotros agregaríamos que también ofrecen una borrachera democratista, como sucede actualmente, encubriendo la explotación y opresión gran burguesa.

Los gobiernos nacionalistas, pequeños burgueses y “outsiders” del Perú

El Perú ha vivido gobiernos de ideologías nacionalistas burguesas y pequeñas burguesas que terminaron sucumbiendo o entregándose al imperialismo. La más radical de todas fue el gobierno militar encabezado por Velasco Alvarado, quien tuvo que ponerse al costado cediéndole el liderazgo a Morales Bermúdez, ya que los militares no estaban dispuestos a romper con el imperialismo norteamericano.

Posteriormente en los años 80°, tuvimos los dos primeros años de gobierno aprista de Alán García, protector de los “doce apóstoles” de la nueva gran burguesía, para luego tener un segundo periodo gubernamental, completamente domesticado, al servicio del gran capital y del imperialismo.

No pasó mucho tiempo para que apareciera Ollanta Humala, ofreciendo la “gran transformación” y hasta hizo alianzas con partidos de izquierda; pero, mucho antes de ocupar el sillón presidencial traicionó su programa de gobierno reemplazándola por una “hoja de ruta”.

También hemos tenido gobiernos de personajes llamados “outsiders” porque de pronto aparecen, brindando un rostro nuevo en la política que ofrecen solucionar los problemas populares y hasta controlar a la gran burguesía y al imperialismo sometiéndolos a las reglas democráticas y constitucionales; pero cuando obtienen el título de  “presidente” dejan el control de la vida económica a los grupos de poder, lo que se ha llamado el “piloto automático, y se dedican a administrar en su provecho personal los negocios del Estado porque saben que “la plata llega sola”.

Albero Fujimori fue el primero, luego le siguió Alejandro Toledo y otro es el actual Gobierno de Vizcarra; todos fueron copados y puestos al servicio de la CONFIEP.

Mariátegui y la acción del Partido Comunista (PC)

Mariátegui comprendió que de todas las clases sociales solo el proletariado en alianza con el campesinado eran las clases que en el poder no traicionarían los intereses nacionales y populares, y, por ello; reclamó su derecho a tener sus propias organizaciones de clase.

 Pugnó por organizaciones autónomas e independientes de las clases dominantes en el terreno ideológico y político programático, por lo que dedicó los mejores años de su vida a la construcción del Partido Socialista y de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP). Lamentablemente, al poco tiempo de constituirse las organizaciones proletarias, moría el Amauta.

La nueva dirección del partido reformularía el programa y la estrategia y cambiaría de nombre al de Partido Comunista (PC). Introdujo la concepción de una burguesía nacionalista y democrática e incluso con capacidad revolucionaria, contrario al pensamiento mariateguista, y que el proletariado debía tener la misión de apoyarlos.  

De esta manera se implantó una política de conciliación y seguidismo a gobiernos burgueses en los que veían algún rasgo nacionalista o democrático, trabando las luchas sindicales y populares y enterrando las banderas programáticas del proletariado y, por tanto, incapacitándolos para construir una alternativa propia e independiente de los programas burgueses, desarrollando su estrategia de acumulación de fuerzas para tomar el poder.  

El PC hizo seguidismo al primer gobierno de Manuel Prado (1939-1945), no lo hizo en su segundo periodo porque Prado prefirió aliarse con el APRA que le garantizaba un mejor caudal electoral (1956 – 1961); igualmente estuvo detrás del primer gobierno de Belaunde Terry (1963-1968) y del gobierno reformista de los militares en los años 70.

Para justificar el seguidismo se imaginó o magnificó nuevos enemigos poderosos del pueblo.

En los años cuarenta el PC en vez de enfilar la lucha contra la gran burguesía aristocrática y terrateniente puso al frente un enemigo imaginario, el nazismo peruano, imaginariamente muy poderoso, y con el argumento de “no hacerle el juego” se buscó impedir las luchas sindicales para proteger al gobierno, supuestamente “anti nazi”, de Prado.

El APRA aprovecho la oportunidad para liderar estas luchas y lograr la dirección absoluta de la flamante Confederación de Trabajadores del Perú (CTP), que había nacido como continuadora de la CGTP mariateguista.

 El PC mantuvo el mismo comportamiento con el primer gobierno de Belaunde Terry, haciéndose de la vista gorda de todas las traiciones al programa reformista que lo había situado en el sillón presidencial; volvió a obstaculizar las luchas proletarias en una lógica “de no hacerle el juego” al APRA y a los odriístas que se mantenían en oposición.

Con similares argumentos se enfrentó a la “nueva izquierda” surgida en los 70°, que impulsaba el sindicalismo clasista y alternativas programáticas independientes del gobierno militar de Velazco Alvarado, a quienes se les acusó de ser agentes del APRA y de la CIA.

La Nueva Izquierda y la lucha por construir una alternativa de poder popular independiente de la burguesía.

La experiencia de Izquierda Unida de los años 80 del siglo pasado ha sido evaluada de diferentes ángulos, pero muy pocos o casi nadie se ha percatado que no hubiera surgido este frente político de no existir la Nueva Izquierda.

Fueron diferentes organizaciones que, sin proponérselos conscientemente, convergieron en un movimiento político independiente de la burguesía y como alternativa al PC y al APRA, a quienes se consideraba haber abandonado sus banderas primigenias, los primeros de José Carlos Mariátegui y los segundos de Víctor Raúl Haya de Torre de los años 20;  que al fragor de la Revolución Cubana asumieron el marxismo como doctrina.

El mérito de la Nueva Izquierda, unos más y otros menos, fue construir con las masas sociales una propuesta política proletaria y popular independiente al de la burguesía, logrando captar la esperanza de los trabajadores y pueblo peruano.

En el movimiento sindical, contingentes de asalariados asumieron lo que en ese tiempo se llamó el sindicalismo clasista; el movimiento campesino, de manera independiente a las leyes de reforma agraria, se lanzó en oleadas a la recuperación de tierras; igualmente, el movimiento barrial tuvo especial auge por vivienda, agua, luz, salud, etc., etc.

Así tenemos las marchas de sacrificios de los trabajadores mineros, el nacimiento y las luchas del SUTEP (Sindicato Único de los Trabajadores de la Educación del Perú), de la CITE (Confederación Intersectorial de Trabajadores Estatales), la reconstrucción de la CCP (Confederación Campesina del Perú).

El máximo despliegue de fuerzas de lucha popular, sin duda, lo constituyen los Paros Nacionales de Julio de 1977 y mayo de 1978 que obligaron al gobierno militar de Morales Bermúdez a abandonar el gobierno y convocar una Asamblea Constituyente.

Así mismo, las últimas manifestaciones de importancia nacional de este periodo clasista son, sin duda, las Huelgas Nacionales de la Federación Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Siderúrgicos del Perú de 1988.

Si bien el movimiento de masas, liderados por la izquierda alcanzaron un alto nivel de centralización en los Paros Nacionales, a nivel político las alternativas programáticas se mantenían dispersas en una izquierda atomizada, que debían ser rápidamente solucionada. Había llegado el momento de forjar la unidad programática y la representación política de la izquierda.

El movimiento de masas fue el sustento para articular los frentes de izquierda y participar en la Asamblea Constituyente de 1979 y luego en la formación de Izquierda Unida (IU) que pasó a ser la segunda fuerza política del Perú en los años ochenta.

IU fue, sin duda, el más importante movimiento político de la izquierda socialista en la historia del Perú y cualquiera que lo olvide, lo desdeñe o menosprecie no hace otra cosa que brindarle un gran servicio a las clases dominantes.

El declive de IU tiene en el fondo la discrepancia entre una alternativa política popular autónoma o embarcarse en el seguidismo a los gobiernos burgueses algo antimperialistas y algo democráticos. La confrontación de IU con el gobierno aprista de Alan García, hizo revivir el viejo seguidismo que parecía haberse superado.

Alfonso Barrantes, candidato presidencial de IU, se declaró “amigo de Platón” (Alán García) y se negó a confrontar el programa de gobierno con el APRA al renunciar a la segunda vuelta electoral, y se pusieron de escuderos del gobierno aprista, lo que permitió a la derecha vincular a la izquierda con el gobierno y hacer campaña sobre el supuesto fracaso del gobierno “apro-comunista”. Al final Barrantes rompió IU, formó su propia agrupación política para candidatear solo en 1990.

La izquierda desde aquel entonces no ha logrado reorganizarse nuevamente y articular un movimiento político de masas autónomo, independiente de las propuestas de cualquier sector de la burguesía.

Las contradicciones actuales en el seno de la burguesía

En los años 90, el fujimorismo se perfilaba como la representación política orgánica de la gran burguesía; sin embargo, la reactivación del movimiento popular y el agudizamiento de las contradicciones políticas de fines del noventa y comienzos del siglo XXI, desenmascararon su régimen corrupto y genocida que había construido.

Desde aquel entonces no ha vuelto a ganar una elección presidencial, aunque mantenía un importante caudal electoral. En el 2016 alcanzó mayoría absoluta en el Congreso Nacional y, ante un gobierno políticamente débil buscó coparlo para impedir el ahondamiento de las investigaciones del sistema político corrupto a raíz del caso Odebrecht.

Por eso, pese a la gran afinidad política con Pedro Pablo Kuczynski (PPK), se generó una aguda crisis política; crisis que llevó al desenmascaramiento por completo del fujimorismo, convirtiéndolo en la minúscula fuerza política que es hoy en día, tal como se demostró en las últimas elecciones regionales y parlamentarias.

El gobierno de Martín Vizcarra siguió cumpliendo los designios económicos de PPK y de la CONFIEP.  Sus reformas políticas responden a la urgencia de la burguesía de pacificar la crisis política e impedir que la intervención de las masas, en la lucha contra la corrupción, se enrumben a derribar la constitución neoliberal y el sistema económico que lo sustenta y, de paso, levantar el prestigio caudillista del presidente.

Desde el inicio de la crisis del fujimorismo, viejas y nuevas fuerzas políticas han pugnado y pugnan en la actualidad por asumir la representación política de la gran burguesía en el Perú.

Todas ellas, reafirman el modelo económico y la constitución neoliberal, sus discrepancias giran en los estilos demagógicos para obtener apoyo electoral en sus disputas por ganar gobierno y copar las instituciones del Estado. Por eso, en medio de estas pugnas políticas, la gran burguesía y el imperialismo siguieron gobernando el Perú.

Una izquierda sin voluntad de poder popular

La izquierda, desde el colapso de IU, perdió el rumbo político y sobrevivió al vaivén de los acontecimientos sin voluntad de reconstruir una alternativa política propia y de masas.

Alejadas del marxismo, sólo ve lo superficial, lo inmediato, las contradicciones secundarias entre el Congreso y el Ejecutivo y de esa forma convirtió al fujimorismo en el enemigo principal.

El anti fujimorismo se elevó a programa de lucha y la izquierda oficial tomo su puesto a la cola de la política presidencial; en tanto que la burguesía monopólica con la CONFIEP a la cabeza afirma sus posiciones.

Ahora, se ha derrotado al fujimorismo, se han hecho las reformas políticas y tenemos un nuevo parlamento, ¿en qué ha cambiado el país? ¿somos un país más democrático? ¿somos más independientes del imperialismo? ¿los grupos monopólicos ya no imponen sus intereses egoístas?, etc. Nada, pero nada de eso ha cambiado.

El fujimorismo está derrotado y como es imposible seguir poniéndolo como amenaza al gobierno de turno, sectores de la izquierda se han inventado un nuevo enemigo principal,

“La derecha bruta y achorada” (DBA), un monstruo político imaginario muy poderoso, capaz de tumbar a Vizcarra y su gabinete. De esta forma, se justifica la defensa del régimen político actual y ponen al presidente Vizcarra a la cabeza de una supuesta “lucha por defender la democracia”.

Persistir en esta forma de hacer política a nombre del pueblo, no es otra cosa que la renuncia a la tarea de todo revolucionario de construir una alternativa política de los trabajadores y del pueblo independiente de cualquiera fracción burguesa.

Este es uno de los problemas de fondo en el seno de la izquierda y de los que nos sentimos mariateguistas, mientras no se definan estos objetivos cualquier discusión entre lo bueno o lo malo que haga Vizcarra es secundario y no nos pondremos de acuerdo nunca, porque unos verán en las contradicciones secundarias entre burgueses la razón de su visión política, mientras nosotros veremos las contradicciones más de fondo entre la clase dominante y los trabajadores y el pueblo y reclamamos, como Mariátegui, a su derecho a construir sus propias organizaciones autónomas.

La debilidad momentánea no impide la construcción de la alternativa política popular.

Hay versiones ingenuas que dicen “la izquierda es muy débil y no puede pretender ganar el gobierno, por lo que debemos hacer incidencia para que haga alguna concesión”, la que se enlaza a la siguiente versión: “hemos sido derrotados y no nos queda más política que apoyar a los gobiernos progresistas o democráticos” y otros “no le podemos pedir al gobierno que haga lo que queremos”.

En primer lugar, nuestras propuestas política no es para que lo realice el gobierno burgués, pues nunca lo aceptará de buena gana, son propuestas de dirección y orientación a las luchas de las masas populares y la demostración concreta que los socialistas podemos resolver los problemas populares, que podemos terminar con la explotación y opresión de la gran burguesía y el imperialismo, y cuando estas son acertadas se convierten en banderas de lucha de los trabajadores y del pueblo para conquistar el poder.

Esto no desdice que el pueblo luche por reivindicaciones parciales desplegando diferentes acciones para tal objetivo, el movimiento sindical y popular tiene infinidad de ejemplos; lo errado es hacerle creer al pueblo que a través de ellas se puede acabar la explotación y opresión que sufren.

La burguesía es consciente de las potencialidades del pueblo para luchar, por eso utiliza su aparato estatal para impedirlas y domesticarlas, reducirlas al simple trámite burocrático y al diálogo infructuoso y desgastante.

La burguesía siempre buscará debilitar las organizaciones populares, gremiales y políticas; la flexibilidad laboral, la amenaza del despido a los trabajadores, la tercerización del trabajo, las reglamentaciones de las huelgas, etc. son instrumentos para debilitar los sindicatos, como así, la criminalización de las manifestaciones populares esta dirigida a reprimir todas las luchas populares.

En condiciones peores, los movimientos revolucionarios han sabido sobreponerse de su debilidad. Para no ir muy lejos, recordemos que el Partido Socialista de Mariátegui y partidos de la Nueva Izquierda que surgieron no por desgajamiento de algún partido mayor, fueron constituidos por un puñado de camaradas; partieron de extrema debilidad y no fue escusa para buscar cobijo en algún partido burgués.

Es cierto que el pueblo y la izquierda pueden sufrir derrotas de diferente tipo, en el Perú hemos tenido muchas de ellas; pero no es ninguna justificación para arriar nuestras banderas y renunciar a reconstruir nuestra alternativa política propia y convertirnos en furgón de cola de un gobierno burgués.

El partido de Mariátegui fue ilegalizado y la CGTP destruida por las dictaduras de los años 30, igualmente, la dictadura Odriísta fue feroz contra los partidos de izquierda y el movimiento sindical y popular y supieron resurgir. Solamente la izquierda después del fujimorismo no logra superar su debilidad por haber fundamentalmente renunciado a construir una alternativa política de masas autónoma.

Mariátegui y la política de frente de clases

Ni Mariátegui ni Marx o Lenin, negaron las contradicciones en el seno de la burguesía, pero supieron ubicarlas en su respectivo lugar, como contradicciones secundarias que son, y no convertir a alguna de ellas en la contradicción principal.

Con organización y alternativa política propia, los socialistas no rehuimos hacer frentes y alianzas que requiera un momento histórico determinado de la lucha de clases para la acumulación de fuerzas o la defensa de nuestras conquistas. No solo no lo rehuimos, sino que las promovemos para combatir al enemigo principal del pueblo.

Pero hacer una política de frente no significa seguidismo y perder la personalidad política. Las organizaciones de trabajadores, los campesinos y del pueblo explotado y oprimido no pueden hipotecar su independencia de clase, como lo decía Mariátegui con toda claridad:

El frente único no anula la personalidad, no anula la filiación de ninguno de los que lo componen. No significa la confusión ni la amalgama de todas las doctrinas en una doctrina única. Es una acción contingente, concreta, práctica. El programa del frente único considera exclusivamente la realidad inmediata, fuera de toda abstracción y de toda utopía: Preconizar el frente único no es, pues, preconizar el confusionismo ideológico. Dentro del frente único cada cual debe conservar su propia filiación y su propio ideario. Cada cual debe trabajar por su propio credo.”[4]

Notas

[1] José Carlos Mariátegui, Ideología y Política, p. 95.

[2] Ibid. p. 90.

[3] Ibid., p. 91.

[4] José Carlos Mariátegui, Óp. Cit., pp. 108-109.

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