Renace la revolución: Lenin y el partido revolucionario

El 21 de enero de 1924, el mundo perdió a uno de sus revolucionarios más influyentes, Vladimir Ilich Lenin. A pesar de los incansables esfuerzos de la burguesía por desacreditarlo, y borrar su huella de la historia, su legado perdura como fuente de inspiración para los trabajadores y oprimidos en todo el mundo

Las razones que hacen trascendental el legado de Lenin son dobles. En primer lugar, Lenin fue un ferviente estudioso del marxismo, convencido de la injusticia y explotación inherentes al capitalismo. Dedicó su vida a organizar la lucha de los explotados para derrocar este sistema. En segundo lugar, destacó como el líder principal en la construcción del socialismo en Rusia. En 1917, encabezó la Revolución de Octubre, derrocando al zarismo y estableciendo la primera democracia de obreros y campesinos. La Unión Soviética, fundada por Lenin, se erigió como superpotencia durante décadas, resonando su ejemplo entre los trabajadores de todo el mundo. Lenin demostró que era posible derribar el capitalismo y construir una sociedad más justa.

Hoy, en la actual crisis mundial, los trabajadores y el pueblo sufren por alejarse de las ideas de Marx, Engels y de Lenin. El derecho al trabajo digno se ha vuelto una quimera, tan igual que el derecho a la salud y a la vida. La desigualdad, la pobreza y la explotación se profundizan anualmente, debido a la falta de organización y orientación política de los trabajadores, quienes carecen de unidad, conciencia de clase, y capacidad para articular soluciones claras a sus problemas. En estas circunstancias, el legado de Lenin adquiere una relevancia aún mayor. Su teoría y práctica revolucionaria ofrecen una alternativa sólida y necesaria al sistema capitalista para el siglo XXI.

El sistema capitalista y la dominación imperialista, liderados por Estados Unidos, son hoy los responsables de los sufrimientos que padece la humanidad, y en su enfrentamiento con la China socialista, están dispuestos a llevarnos a una tercera guerra mundial, con el único objetivo de proteger sus privilegios de clase y su hegemonía en el mundo. Por eso, la situación actual reclama nuevamente la instauración de una organización política de los trabajadores, inspirada en los principios de Lenin, para hacer frente a esta ofensiva y contexto internacional.

Centralización en la decisión, descentralización en la ejecución.

Lenin no solo fue el guía estratégico y programático de los bolcheviques, sino también defendió la necesidad de un partido revolucionario de los trabajadores,  para los trabajadores; tal como lo hicieran Marx y Engels en la Primera Internacional. No solo defendió su necesidad, sino también su solidez en los principios teóricos del marxismo, su capacidad de adaptarse a diferentes formas de lucha y circunstancias políticas, y su papel como fuerza propulsora de la construcción socialista. En otras palabras, un partido con capacidad de hacer la revolución y construir el socialismo.

El Partido Bolchevique de Lenin, se caracterizó por dos elementos fundamentales: el Centralismo Democrático (CD) y una actividad militante, estrictamente disciplinada y descentralizada.

El Centralismo Democrático aspiraba a conciliar la disciplina y la unidad de acción, con la participación democrática y un extenso intercambio de ideas dentro del partido. Los líderes eran seleccionados a través de procesos democráticos en congresos y conferencias, garantizando así la representación y legitimidad de sus decisiones. Antes de tomar cualquier decisión colectiva, se llevaban a cabo debates exhaustivos y análisis minuciosos de la realidad, involucrando a todos los miembros del partido en las discusiones. Aquí, la crítica y la autocrítica desempeñaron un papel crucial para aprender de los errores, interpretar la realidad, y perfeccionar el funcionamiento del partido.

Una vez adoptada la decisión, todos los militantes se comprometían con su implementación, fomentando así una ejecución coordinada y descentralizada. Esto conllevaba asignar responsabilidades específicas a distintas secciones del partido, posibilitando una acción ágil y adaptativa a medida que se desenvolvían los eventos políticos. La capacidad del partido para tomar decisiones estratégicas centralizadas, combinada con la flexibilidad descentralizada en la ejecución, permitía realizar ajustes rápidos en respuesta a las dinámicas cambiantes de los acontecimientos políticos en desarrollo.

Esta particularidad, también se vinculaba con la destacada capacidad orgánico-formativa del partido, subrayando la importancia de la amplia y profunda formación política de sus miembros. La comprensión de los principios teóricos del marxismo, y la habilidad para aplicarlos en contextos específicos, se consideraban elementos cruciales para el éxito del centralismo democrático, y para poder vencer en la lucha revolucionaria, y construir la primera experiencia socialista..

Pero ser militante no exigía ser un «superhombre» capaz de asumir todas las responsabilidades. Los miembros, personas reales con virtudes y debilidades, contribuían según sus capacidades y habilidades físicas e intelectuales. Aquellos que, por diversas razones, no aceptaban la disciplina militante, pero deseaban contribuir a la revolución, tenían la libertad de hacerlo en la forma y el momento que eligieran, siempre dentro de las condiciones establecidas por el partido en la acción revolucionaria. Este enfoque reflejaba una comprensión realista e inclusiva de la diversidad de sus miembros. Los derechos de los miembros del partido se correspondían con los grados, compromisos y responsabilidades con los que se integraban a la revolución.

El partido revolucionario frente al oportunismo.

La crítica hacia la disciplina rigurosa de los militantes y la defensa del centralismo democrático en la estructura interna del partido ha sido intensa. Esta crítica no solo proviene de la burguesía imperialista, que busca obstaculizar a toda costa una revolución socialista, sino también de los oportunistas. Estos últimos utilizan al partido y a sus militantes como medios para obtener beneficios políticos personales y mantienen la ilusión de que es posible transformar la sociedad desde el Estado burgués, aceptando las condiciones impuestas por la burguesía, como si esta permitiese cambios sociales significativos y sin restricciones.

Los oportunistas no conciben la necesidad de un partido leninista; le es suficiente una organización «formal» y un programa que busque simplemente ganar votos,  donde puedan prevalecer sus intereses personales frente a los colectivos. Entre los diversos oportunistas que existen, destacan hoy los electoreros, quienes a pesar de autodenominarse socialistas, buscan consolidarse en cargos políticos dentro del partido y/o en las instancias estatales; promoviendo una militancia laxa, un activismo intenso en campañas políticas y espacios donde puedan destacarse, con el fin de lograr sus objetivos personales o de grupo, y sin importarles la organización, más que como un medio para sus propios fines.

Un caso específico en el Perú, es el partido Perú Libre, con una militancia que nunca creyó genuinamente en su programa político, y una vez obtenidos los votos y alcanzado el gobierno, se sobrepusieron los intereses personales, y abandonaron el programa político, apenas se instalaron en el poder. Partidos de esta naturaleza carecen de propuestas significativas para el pueblo, y en numerosas ocasiones son percibidos como simples extensiones de los partidos burgueses tradicionales.

Por eso, Lenin combatió a los miembros del partido que adoptaban actitudes oportunistas, ya que comprometían los fundamentos revolucionarios en busca de beneficios personales a corto plazo. Dicha conducta representó una amenaza directa para la causa revolucionaria y podía actuar como fuerza desestabilizadora dentro de la organización. La decisión de luchar contra los oportunistas aseguraba la cohesión en torno a los principios fundamentales, preservando así la capacidad del partido para liderar eficazmente la lucha revolucionaria.

Un partido revolucionario se erige como una amenaza para todas estas aspiraciones y posturas oportunistas. Este tipo de partido se caracteriza por su firmeza en los principios, en su programa político, en su compromiso con la transformación social genuina; y su rechazo a ceder ante agendas personalistas o intereses ajenos al bienestar del pueblo, porque está convencido de su proyecto socialista, que nace utilizando los instrumentos metodológicos y teóricos del marxismo-leninismo para conocer científicamente la realidad nacional y construir un programa que realmente responda a los intereses populares.

En conclusión, la disciplina y el centralismo democrático no deben entenderse como meras imposiciones organizativas, sino más bien como herramientas fundamentales que fortalecen la cohesión interna y preservan la autenticidad de la lucha revolucionaria.

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