Análisis crítico de la vigencia y fracasos del hombre unidimensional de Marcuse

Publicado en inglés en Midwestern Marx, Hampton Institute y Counter-Currents.

Formulando la Pregunta

Este año marca el 57 aniversario del Hombre Unidimensional de Herbert Marcuse (1964). Este texto, aunque plagado de un espíritu pesimista, fue una gran fuente de inspiración para el desarrollo de la Nueva Izquierda y los levantamientos de mayo del 68. Ahora, la pregunta que debemos hacernos es si un texto anterior a los últimos 50 años de neoliberalismo tiene alguna pertinencia para las luchas revolucionarias de hoy. Antes de examinar esto, revisemos primero el contexto y las observaciones centrales de la famosa obra.

Revisión

El Hombre Unidimensional de Marcuse (ODM)1Se hará referencia a la siguiente edición: Marcuse, Herbert.  One-Dimensional Man. (Beacon Press, 1966).  describe un mundo en el que la racionalidad humana acriticamente se utiliza para perpetuar condiciones irracionales en las que la ingenuidad instrumental humana sofoca la libertad y el desarrollo humano. En el apogeo de la guerra fría y la potencial devastación atómica, Marcuse observa que la humanidad se sometió a la “producción pacífica de los medios de destrucción” (HM, ix). La sociedad desarrolló sus fuerzas productivas y su tecnología a una escala nunca antes vista. Al hacerlo, ha creado las condiciones para la posibilidad de emancipar a la humanidad de todas las formas de necesidades y trabajo insensato. El problema es que este desarrollo no ha servido a la humanidad, ha sido la humanidad la que se ha visto obligada a servir a este desarrollo. Los instrumentos que los humanos alguna vez hicieron para servirles ahora son los amos de sus creadores. Los medios han secuestrado a los fines en un intercambio forzoso, el hombre ahora sirve al martillo, no al revés.

La observación de que nuestra sociedad ha desarrollado sus fuerzas productivas y tecnologías de una manera que crea las condiciones para una mayor libertad humana, mientras que al mismo tiempo usa el desarrollo mismo para servir las condiciones de nuestra falta de libertad, no es nueva. La tradición marxista ha enfatizado durante mucho tiempo esta paradoja en el desarrollo del capitalismo. La contribución novedosa del ODM de Marcuse está en la elucidación de la profundidad de la inmersión de esta paradoja, así como también en cómo esta paradoja se ha extendido más allá del capitalismo hacia las sociedades socialistas industrializadas. Examinemos ahora cómo Marcuse despliega los efectos del cierre del universo político de la racionalidad instrumental capitalista moderna.

Mientras que el capitalismo con el que se enfrentaría Marx a mediados del siglo XIX demostró que, junto con relaciones claramente antagónicas con la producción, la clase trabajadora y propietaria también compartían culturas muy diferentes, la sociedad unidimensional moderna homogeniza las diferencias culturales entre clases. Marcuse observa que una de las novedades de la sociedad unidimensional está en su capacidad de ‘aplanar’ los “antagonismos entre cultura y realidad social mediante la eliminación de los elementos opuestos, ajenos y trascendentes en la cultura superior” (HM, 57). Este proceso liquida la cultura bidimensional y crea las condiciones para la cohesión social a través de la mercantilización, la desublimación represiva, y la incorporación y reproducción total de estos elementos culturales en la sociedad mediante la comunicación de masas.

En esencia, las diferencias culturales que tenían la clase trabajadora y la propietaria se han disipado, ambas están integradas en la misma lógica cultural. Esto no significa que no haya oposición cultural, sino que la oposición cultural es «reducida» y «absorbida» por la sociedad. Hoy, esta absorción de la oposición es más visible que nunca. Las empresas que donan millones a los departamentos de policía publican #BLM en sus redes sociales, los aparatos estatales represivos que agredieron a los homosexuales en los lavender scares de los años 60 ahora ondean la bandera LGBTQ +, las empresas de miles de millones de dólares como Netflix que aprovechan las lagunas para no pagar impuestos hacen programas con luz favorable sobre la demócrata socialista Alexandria Ocasio Cortez, etc. A lo largo de nuestra cultura unidimensional encontramos la absorción de una «oposición» a la que, al ser absorbida, no se opone sustancialmente. Esto podría reformularse como, «en toda nuestra cultura unidimensional encontramos la absorción de cualquier intento de un gran rechazo, que al ser absorbidos fracasan en rechazarlo sustancialmente».

¿Cómo pasó esto? Bueno, de una manera que paradójicamente confirma el marxismo como ciencia (de acuerdo al menos con el requisito de falsabilidad de Popper), mientras que anula una de sus tesis centrales, el capitalismo moderno parece haber reparado una de sus principales contradicciones, la antagonista contradicción entre el proletariado y la clase propietaria. Según Marcuse, la sociedad industrial moderna ha podido hacer esto porque le proporcionó a las masas trabajadoras (y a la sociedad en general) una “falta de libertad democrática, cómoda, tranquila, y razonable” (HM, 1). El capitalismo moderno sobrepuso a las masas trabajadoras falsas necesidades que “perpetúan [su] trabajo, agresividad, miseria” y alienación en aras de continuar la interminable rueda de hámster del consumo (HM, 5). En la sociedad industrial moderna se le vende a la gente una falsa libertad que la mantiene activamente en una condición de esclavitud. Como dice Marcuse,

La libre elección entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios mantienen controles sociales sobre una vida de trabajo y miedo, es decir, si sostienen la alienación (HM, 8).

En esencia, aquello que ha sostenido innecesariamente su vida laboral larga, explotada y alienada, ha hecho que su vida en el hogar sea más «cómoda». Este mundo consumista a’ la Brave New World ha perpetuado la prevaleciente ‘conciencia feliz’ presente en la sociedad industrial moderna, donde su distracción, comodidad y autoidentificación con sus dispositivos recién comprados ha eliminado las tendencias rebeldes que surgen, al estilo Jeffersoniano, cuando la acumulación de tu degradación alcanza un cierto límite donde la revolución se convierte en tu panacea. El fenómeno de la conciencia feliz, dice Marcuse, incluso nos obliga a cuestionar el estado de alienación de un trabajador, pues aunque en el trabajo la alienación puede continuar, este se reapropia de una relación con los productos a través de su excesiva identificación con ellos cuando los compra como consumidor. De esta forma, la ‘reapropiación’ de la alienación del trabajador hacia el producto se manifiesta como el hombre de Feuerbach reapropiando su species-being ahora que ha pasado por el medio (objetivación alienada) de Dios (en este caso la mercancía sirve al papel mediador de Dios).

La masa trabajadora, como mencionamos anteriormente, no es la única afectada por los efectos de la sociedad unidimensional. Marcuse muestra que los teóricos son ellos mismos agentes participativos y promocionales de esta época. Ya sea en sociología o en filosofía, las tendencias teóricas generales en la academia son las mismas; el predominio del pensamiento positivista y la represión y exclusión del pensamiento negativo (ósea, dialéctico). Este pensamiento positivista hegemonizado se presenta a sí mismo como objetivo y neutral, preocupándose sólo por la investigación de los hechos y el desembarazo del ‘pensamiento erróneo’ que se ocupa de las “obscuridades, ilusiones y rarezas” trascendentales (HM, 170). Lo que hacen estos teóricos unidimensionales es mirar los ‘hechos’ como existen desmembrados de cualquiera de los factores que permitieron que el hecho sea. Al hacerlo, si bien presentan su tarea como «positiva» y contra las abstracciones, se ven obligados a abstraer y cosificar el hecho para comprometerse con él separado de su contexto. Haciendo esto, estos teóricos se limitan a comprometerse con esta falsa concreción que han evocado al abstraer el «hecho» de su contexto espacial-temporal. Además, no solo demuestra ser inútil para comprender los fenómenos, ya que sería como intentar juzgar una pelea después de haber solamente visto la última ronda, sino que refuerza el status quo del pensamiento descriptivo a expensas del pensamiento crítico e hipotético. Como dice Marcuse,

Esta aceptación radical de lo empírico viola lo empírico, pues en ella habla el individuo mutilado, «abstracto» que experimenta (y expresa) sólo lo que le es dado, que sólo tiene los hechos y no los factores, cuyo comportamiento es uno. dimensional y manipulado. En virtud de la represión fáctica, el mundo experimentado es el resultado de una experiencia restringida, y la limpieza positivista de la mente alinea la mente con la experiencia restringida (HM, 182).

El «operacionalismo», como pensamiento positivista unidimensional, en «teoría y práctica se convierte en la teoría y práctica de la contención,» y penetra el pensamiento y lenguaje de todos los aspectos de la sociedad (HM, 17). Ahora, ¿hay un escape a este universo aparentemente cerrado? Como dialéctico modesto, Marcuse niega dejando una pequeña «posibilidad» para una afirmación. Por un lado, el texto está atormentado por un espíritu de trampa pesimista: no solo la lógica de la racionalidad instrumental que sostiene la sociedad unidimensional se ha infiltrado en todos los niveles de la sociedad y la interacción humana, sino que los recursos son lo suficientemente vastos como para absorberlos rápidamente o militarmente «atender situaciones de emergencia,” es decir, cuando surge una amenaza para la sociedad unidimensional.

Del otro lado, Marcuse dice que “no es más que una posibilidad”, pero una posibilidad, sin embargo, de que surjan las condiciones para un gran rechazo (HM, 257). Aunque sostiene que el pensamiento dialéctico es importante para desafiar el positivismo capitalista, reconoce que el pensamiento dialéctico por sí solo «no puede ofrecer el remedio,» pues, conoce en bases empíricas y conceptuales «su propia desesperanza», es decir, sabe que «las contradicciones no explotan por sí mismas,» que la agencia humana a través de un “sujeto histórico esencialmente nuevo” es la única salida (HM, 253, 252). La contingencia de esta ‘posibilidad’ depende de la contingencia del gran encuentro entre la ‘conciencia más avanzada de la humanidad’ y la ‘fuerza más explotada,’ es decir, son los ‘bárbaros’ del tercer mundo a quienes esta posición de posible subjetividad histórica se le adscribe (HM, 257).

Sin embargo, Marcuse está haciendo un diagnóstico teórico, no dándonos un enfoque normativo prescriptivo. El leve momento en el que se invoca un atisbo de normatividad prescriptiva, alienta la lucha continua por el gran rechazo. Así leo la referencia final a Walter Benjamin, “[la teoría crítica] quiere permanecer fiel a quienes, sin esperanza, han dado y dan su vida al Gran Rechazo” (Ibid.). Incluso si estamos desesperados, debemos entregar nuestra vida al gran rechazo. Debemos estar comprometidos, en términos de Huey Newton, con el “suicidio revolucionario,” con la lucha necia incluso cuando no se puede encontrar un atisbo de esperanza, porque solo en la lucha cuando no hay esperanza, pueden surgir las condiciones para la posibilidad de esperanza.

Análisis

Hay muy pocas observaciones en este texto que podamos señalar como relevantes en nuestro contexto. La tesis central de una «conciencia feliz» cómoda que se corresponda con todas las clases bajo una cultura consumista común es difícil de vender en un mundo en el que los trabajadores han visto sus ganancias de siglos de luchas recogidas en los últimos 50 años2Quizás incluso más, porque la Ley Taft-Hartley de 1947 ya había comenzado estos inconvenientes. Sin embargo, 1964 es demasiado pronto para comenzar a ver sus efectos, especialmente para un académico que observa desde fuera del movimiento obrero.. El neoliberalismo ha normalizado efectivamente lo que William L. Robinson llama la «Walmartización del trabajo,»3Robinson, L. William. Latin America and Global Capitalism . (Prensa de la Universidad Johns Hopkins, 2008)., Pág. 23. es decir, condiciones en las que el trabajo está menos sindicalizado, menos seguro, peor remunerado y menos beneficioso. Estas condiciones, junto con la creciente polarización de la riqueza y los ingresos, hacen que el análisis de Marcuse del estado de bienestar posterior a la Segunda Guerra Mundial sea impertinente. Lamento decir que la conclusión más valiosa del ODM para los revolucionarios de hoy es dónde fracasó, porque este fracaso sigue siendo bastante frecuente entre muchos autoproclamados socialistas en el Occidente (especialmente en EE.UU.). Este fracaso, sostengo, consiste en que Marcuse equipara los estados capitalistas con las experiencias socialistas del siglo XX.

El ODM de Marcuse une las partes socialista y capitalista del mundo como dos sistemas interdependientes que existen dentro de la lógica unidimensional que prioriza “los medios sobre los fines” (HM, 53). Para Marcuse, la parte socialista del mundo ha sido incapaz de administrar en la praxis lo que dice ser en teoría; efectivamente existe una “contradicción entre teoría y hechos” (HM, 189). Si bien esta contradicción, según él, no “falsifica la anterior,” sin embargo, crea las condiciones para un socialismo que no es cualitativamente diferente al capitalismo (Ibid.). El campo socialista, como el capitalismo, “explota la productividad del trabajo y el capital sin resistencia estructural, al tiempo que reduce considerablemente las horas de trabajo y aumenta las comodidades de la vida” (HM, 43). En esencia, su argumento se reduce a que el socialismo del siglo XX es incapaz de crear una alternativa cualitativamente nueva al capitalismo, y en este fracaso, ha replicado, a veces en formas únicas, los mecanismos de explotación y oposición-absorción (a través de la conciencia feliz, las necesidades falsas, resistencia militar, etc.), que prevalecen en el sistema capitalista.

Hay algunos problemas fundamentales en la igualación de Marcuse, que todos se derivan, argumentaré, de su incapacidad para llevar el pensamiento dialéctico a su análisis del campo socialista. Al no hacerlo, el mismo Marcuse reproduce las formas de pensamiento positivistas que desmiembran los «hechos» de los factores que los provocaron. Debido a esto, incluso si los ‘hechos’ en ambos campos parecen iguales, afirmar que lo son ignora las relaciones contextuales e históricas que llevaron a que esos ‘hechos’ parezcan similares.

Para que Marcuse diga que el campo socialista, al igual que el capitalista, fue capaz de recrear las formas de vida cómodas y distraídas que hacen que la explotación de los trabajadores sea más fluida, debe ignorar las condiciones, tanto presentes como históricas, que permitieron que surgiera este hecho. El capitalismo pudo lograr esta vida ‘cómoda’ para sus masas trabajadoras porque pasó los últimos tres siglos colonizando el mundo para asegurarse de que los recursos de tierras extranjeras estuvieran disponibles para el capital occidental. Este proceso de enriquecimiento capitalista occidental requirió el genocidio de los nativos (por sus tierras), la esclavización de los africanos (por su trabajo), y creó las condiciones para la lucha del siglo XX entre el capital occidental por dividir las tierras y los cuerpos conquistados del tercer Mundo. Pero incluso, con este proceso histórico y contextual de expropiación y explotación, los frutos de esto no iban a las clases trabajadoras de las naciones occidentales debido a la generosidad de la clase propietaria, sin importar cuánto se beneficiaron de la creación de esta ‘aristocracia laboral.’  Más bien, la única razón por la que este proceso benefició levemente a las clases populares en los Estados Unidos fue el resultado de luchas laborales de siglos en el país, las cuales frecuentemente fueron dirigidas por comunistas, socialistas y anarquistas dentro de los sindicatos.

El campo socialista, por otro lado, industrializó sus países atrasados ​​en una fracción del tiempo que le tomó al Occidente, sin tener que colonizar tierras, hacer un genocidio de nativos o esclavizar a los negros. Por el contrario, independientemente de los errores que se cometieron y de los lamentables efectos de éstos, el proceso de industrialización en el campo socialista estuvo indisolublemente ligado al empoderamiento de los sujetos periféricos, ya fueran africanos, asiáticos, del Medio Oriente o indoamericanos, que habían estado bajo la bota del colonialismo y el imperialismo occidentales durante siglos. El «tercer mundo» al cual Marcuse le deja el papel potencial de la subjetividad histórica, sólo pudo sostener la autonomía gracias a la solidaridad y la ayuda política, militar, y económica que recibió del campo socialista. Aquellos que no pudieron por diversas razones establecer relaciones con el campo socialista, replicaron, de manera neocolonial, las relaciones que tenían con sus metrópolis «anteriores.» De hecho, la historia demostró que la ‘caída’ de este campo llevó a los países del tercer mundo que sostenían una posición autónoma (gracias a las relaciones de camaradería que establecían con el mundo socialista), a ser rápidamente volcados en la servidumbre sometidas al capital occidental.

Al afirmar que el campo socialista fue incapaz de afectar una materialización en la praxis de su teoría, y como tal, que no era cualitativamente diferente del capitalismo (haciendo posible la equiparación de los dos), Marcuse demuestra efectivamente su ignorancia, voluntaria o no, de la situación geopolítica de la época. El socialismo en el siglo XX no pudo crear su sociedad ideal cualitativamente nueva y al mismo tiempo defender su revolución de los ataques militares, económicos y de guerra biológica provenientes de las mayores potencias imperiales en la historia de la humanidad. La liberación no puede expresarse plenamente en estas condiciones, porque la liberación de uno está relacionada con la liberación de todos. El ideal comunista según el cual las relaciones humanas se basan «de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad,» sólo es realizable bajo la desaparición totalizadora global de todas las formas de explotación y opresión. Es idealista e infantil esperar a que esta realidad surja en un mundo donde el capitalismo existe hasta en el rincón más lejano de la tierra, menos aún, en un mundo donde la forma hegemonizada de relaciones globales es capitalista.

No obstante, incluso Marcuse se ve obligado a admitir que el campo socialista fue capaz de crear una vida cómoda para sus masas trabajadoras. Pero a diferencia de Marcuse, esta comodidad en el campo socialista no puede equipararse con la comodidad en el campo capitalista. No solo las condiciones que llevaron a la comodidad en cada uno de ellos son fundamentalmente diferentes (como se examinó anteriormente), sino que la comodidad en sí misma, como un hecho, también fue radicalmente diferente. En términos de seguridad laboral, vivienda, atención médica, educación, cuidado de los niños y otras formas de seguridad social proporcionada por el gobierno, la comodidad en el campo socialista fue significativamente mayor que la comodidad experimentada por las masas trabajadoras en las socialdemocracias y estados de bienestar en Europa, y por diez el de la comodidad experimentada por las masas trabajadoras en E.E.U.U. Cuando a esto se le suma la capacidad de participación política a través de los consejos de trabajadores y el partido, el espíritu de solidaridad imperante que reinaba y la ausencia generalizada de racismo y crimen, se resalta aún más la locura de la igualación. Sin embargo, la comparación no debe hacerse solo entre el campo capitalista y el socialista, sino entre las condiciones antes y después de que el campo socialista alcanzara el socialismo. Hacerlo, permite contextualizar históricamente los logros del campo socialista en términos de crear vidas dignas y más libres para cientos de millones de personas. Para estas personas, los comentarios de Marcuse se encuentran en algún lugar entre risibles y simbólicos de la habitual falta de respeto de los intelectuales occidentales.

Aunque Marcuse no pudo vivir lo suficiente para ver esto, la caída del campo socialista y la posterior ‘terapia de choque’ que la acompañó, no solo devastó los países del campo socialista anterior (aumentando drásticamente las tasas de pobreza, delincuencia, prostitución, desigualdad, al tiempo que se redujo el nivel de vida, la esperanza de vida, y las oportunidades de participación política), ¡pero también los países del tercer mundo y los del campo capitalista! Con la amenaza del comunismo desaparecida, el tercer mundo estaba en juego nuevamente, y el primer mundo, ya no bajo la presión de la alternativa que presentaba una masa trabajadora cómoda en el campo socialista, era libre para extender la ira del capital de regreso a sus propias clases populares nacionales, erosionando las victorias de siglos en el movimiento obrero y creando las condiciones para un trabajo precario, no regulado y más explotador.

Obras como ODM, que asumen la tarea de criticar e igualar «ambos lados,» hacen el trabajo de un lado, es decir, del capitalismo, en la creación de una campaña de «izquierda» de deslegitimizar las experiencias socialistas. Este proceso de creación de una campaña de deslegitimación de «izquierda» es fundamental para la legitimación del capital. Este texto (ODM) es el ejemplo quintaesencia de una de las formas en que el capitalismo absorbe su oposición colocándola como un punto medio entre él y la real amenaza de una alternativa verdaderamente socialista. Gracias a que la lógica idealista y anti-dialéctica del capital se infiltra en estos teóricos anticomunistas de «izquierda,» pueden ellos condenar y equiparar las experiencias socialistas con el capitalismo. Si hay una conclusión que podemos tomar del fallo del texto de Marcuse, es en resguardarnos de participar en esta teorización del anticomunismo de izquierda que se prostituye por el capital, creando las condiciones en las que las »fallas» accidentales de las experiencias socialistas presionados se equiparan con las contradicciones sistemáticas del capitalismo. En un mundo que corre hacia una nueva guerra fría, la tarea de los socialistas en el corazón del imperio es rechazar y deconstruir ferozmente las narrativas del departamento de estado sobre las esperiencias socialistas y no socialistas que intentan establecerse autónomamente fuera del dominio del imperialismo estadounidense. Reconocer cómo Marcuse falló en hacer esto en el ODM nos ayuda a prevenir su error.

Notas

  • 1
    Se hará referencia a la siguiente edición: Marcuse, Herbert.  One-Dimensional Man. (Beacon Press, 1966).
  • 2
    Quizás incluso más, porque la Ley Taft-Hartley de 1947 ya había comenzado estos inconvenientes. Sin embargo, 1964 es demasiado pronto para comenzar a ver sus efectos, especialmente para un académico que observa desde fuera del movimiento obrero.
  • 3
    Robinson, L. William. Latin America and Global Capitalism . (Prensa de la Universidad Johns Hopkins, 2008)., Pág. 23.

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